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Blanco injusto

Por  •  2 febrero, 2014 • Archivado en Empresa - Marketing

El talento debe surgir de cualquier lugar, aunque sea en conversaciones informales. Hace días, un profesional me razonaba que en mercados maduros o en recesión, donde el valor de la marca no era apreciado y la variable precio era el único referente a la hora de la toma de decisiones, las empresas competidoras estaban apostando por sustituir al personal cualificado o de mayor talento por profesionales de menor cualificación.

La empresa apostaba por ahorrar en remuneración y conflicto interno de insatisfacción de sus trabajadores con perfil estratégico, innovador o creativo, para sustituirlo por personal más barato, más de trinchera que de estrategia, y más ejecutor.

En términos marketinianos, podríamos matizar esta visión a que en ciertos sectores, empresas o mercados, se está involucionando a cambiar marketing por solo ventas para hoy, a sustituir la visión empresarial por una huida hacia adelante.

No terminaba de creerme esta tendencia de destrucción de talento en las empresas, esa estrategia de la “no estrategia”. Apuntar hacia blancos injustos, fáciles, dentro de la gestión de recursos humanos de los dirigentes de empresas.

Parece tan evidente que en este marco actual, donde vamos a una economía de innovación y tecnología, la cualificación y formación de los profesionales no es sólo recomendable, sino que es la única opción. La capacidad de innovar, de marcar estrategias de futuro, de general valor y diferenciación, huyendo de la guerra del precio con final sangriento para todos los bandos, debe ser la apuesta.

Porque este además del error de destruir talento es pensar que, además de ahorrarse salarios, el trabajador que lo sustituye tendrá más “músculo”, motivación y energía que el blanco injusto, algo así como “si no piensa tanto, trabajará más, que es lo que necesito”…

Craso error. En cualquier asalto competitivo, pensar que solo vale el esfuerzo y la intensidad es el camino hacia la derrota segura. Sin fundamentos, estrategia, creatividad… sin calidad, cualquier victoria es efímera. Será una victoria en batalla aislada, pero no la guerra. El fracaso más absoluto se cierne. El deporte está lleno de ejemplos que demuestran esto de manera más gráfica que el sector empresarial.

El dirigente debe darse cuenta que tomar esas decisiones tiene consecuencias negativas evidentes, porque lanza un mensaje múltiple: a los competidores, que lo urgente le puede con lo importante y que se debilita; a los trabajadores de la empresa, que es un paso desmotivador para el presente y una nube negra para el futuro.

Pero el asunto es más profundo, aunque más sencillo de analizar. Si la empresa está gestionada por alguien con visión estratégica, que valora y refuerza la iniciativa del trabajador, fomenta la proactividad, la generación de valor y la formación de sus trabajadores, nunca actuará así.

Por desgracia, aún la dirección de muchas empresas sigue pensando en que rodearse de un equipo cualificado y talentoso es una amenaza más que una fortaleza u oportunidad, y que su visión estratégica no va más allá de la óptica de su propio ombligo y de tapar sus carencias en materia de formación, competencias y habilidades directivas. Mejor un equipo que no cuestione, no piense, no sepa…

El año pasado me regalaron un libro llamado “Cómo trabajar para un idiota”, de John Hoover (Aguilar Ediciones). Básicamente, clasificaba los distintos tipos de jefes y cómo sobrevivir a cada uno. Para mí fue algo divertido leerlo por el planteamiento pero frustrante por la conclusión del autor: el trabajador debe adaptarse a ese perfil, cumplir con la demanda de su superior y cuando tenga oportunidad, cambiar de empresa para buscar la felicidad laboral. Defendía el autor que luchar internamente en la organización contra eso es un desgaste innecesario, porque no se puede cambiar nada y además, acarrea consecuencias negativas directas para el osado…

Si cosas más complejas e importantes tienen solución, no veo por qué dejar de luchar por lo evidente. En el mundo de la empresa, no siempre se puede levantar uno más reforzado cada vez que se “pisa la lona”. Llega un momento en que te golpean, caes… y no te levantas.

No hay nada más motivador para un empleado que su jefe lidere y marque el camino. Así, hasta el fin de los días.

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